miércoles, 17 de febrero de 2016

La vajilla de invitados

Hace años, en las casas, había una vajilla de invitados, un comedor de invitados y un montón de cosas de invitados. Era lo bonito, lo caro, lo que uno guardaba para impresionar cuando venía gente de fuera.


Hoy, eso ya no se suele dar, sin embargo, seguimos teniendo ese tipo de conductas. Seguimos haciendo para los demás cosas que no hacemos para nosotros mismos. 
En mi trabajo, nos hemos puesto de acuerdo tres personas para que cada día traiga uno la comida y compartirla. Y, desde entonces, da gusto comer. Porque ahora, al tener que cocinar para otros, ponemos más interés, más mimo y nos curramos unas comidas buenísimas. Sin embargo, cuando cada uno se tenía que encargar de su propia comida, el resultado era triste, porque a ninguno nos compensaba cocinar para uno mismo.
Es, cuanto menos, un planteamiento curioso, pero hay un sinfín de ejemplos: nos ponemos guapos para salir y en casa vamos con cualquier cosa (ropa de ir por casa), arreglamos la casa más cuando va a venir gente, limpiamos más el coche por fuera que por dentro y cosas por el estilo.
Y no deja de ser extraño, eso de que hagamos esfuerzos por los demás que no haríamos por nosotros mismos, eso de que cuidemos y mimemos a los demás mientras pensamos que nosotros no lo merecemos, que con cualquier cosa nos apañamos.
Pero, además, esa forma de actuar nos lleva a que esperemos esfuerzos por parte de los demás, es decir: "yo paso de mí, paso de cuidarme, de invertir tiempo en mi bienestar, pero hazlo tú porque a partir de ahora es tu obligación, si quieres que me sienta bien". Le pasamos la pelota al otro, porque alguien nos ha de cuidar y, si no lo hago yo, lo tendrás que hacer tú.
¿Por qué no volvemos a plantearnos estas conductas y empezamos a sacar la vajilla de invitados para comer algo que nos guste mucho y que nos hayamos cocinado, con mimo y amor, previamente? ¿Por qué no empezamos a ponernos guapos para ir por casa y tiramos todos esos harapos que hemos guardado para vestirnos cuando nadie nos ve? ¿Por qué no empezamos a asumir que solo somos responsables de nuestra felicidad, solo nosotros, solo de la nuestra y dejamos de exigir a los demás respeto para empezar a respetarnos? ¿Por qué no dejamos de es-forzar-nos por los demás y, de paso, dejamos de forzar a los demás para que, con sus conductas, nos alimenten cuerpo y alma?
Nadie tiene más valor que uno mismo, ni menos, claro. 
El mejor invitado de uno es uno mismo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Hoy, al levantarte...


¿Qué pasaría si, hoy, al levantarte, te dieras cuenta de que estás preparado para aceptar todos los cambios del día, todo lo que hoy la vida tiene preparado para ti, sin límites?
¿Y si te dieras cuenta, pero de verdad, de que no controlas nada, de que nunca has controlado nada, de que no es cierto eso que siempre has creído, es decir, que "si hago esto, pasará esto y si hago lo otro, pasará aquello otro?" 
¿Y si tuvieras la humildad suficiente como para darte cuenta de que no se puede luchar contra la vida porque el universo no está a tu servicio?
¿Y si confiaras, no en que todo lo que te rodea vaya a salir como habías planeado, sino en tu invulnerabilidad?
Entonces, todos los esfuerzos que hasta ahora has malgastado en cambiar la forma de tu mundo para adecuarlo a tus caprichos, a tus preferencias o tus supuestas necesidades, los invertirías en cambiar tu modo de mirar este mundo. 
Entonces, no tendrías miedo porque estarías preparado para cualquier cosa.
Entonces, serías libre porque tu felicidad no estaría condicionada a nada.
Entonces, no tendrías miedo.
Y, sin embargo, la idea de estar preparado para aceptar todos los cambios que puedan ocurrir da miedo. Porque la libertad da miedo, el amor da miedo y la felicidad da miedo. 
Como da miedo todo lo desconocido. Como da miedo comportarnos como nunca antes lo habíamos hecho.

lunes, 8 de febrero de 2016

Mi querido Liceo


Nunca he sido una niña rebelde, ni una adolescente rebelde, ni una mujer rebelde. No lo he sido por lo menos en las formas. No he necesitado portarme mal, pegar a los demás niños, afeitarme la cabeza, tintarme el pelo de colores raros, transgredir normas, acudir a manifestaciones, reivindicar mis derechos de mujer cayendo en comportamientos típicamente masculinos... (aunque sí que los he reivindicado sin descanso). Siempre he ido a mi marcha, sin hacer ruido, educadamente, he sido muy "normalita" en este aspecto.
Hace poco vi, en el blog de un profesor de literatura de un instituto, la presión que se le metía a un chaval de 14 años para que asistiera a clase y estudiara cuando él lo que quería ser es mecánico y todo lo demás le daba igual. Dejo aquí el enlace porque vale la pena leerlo: https://lautopsia.wordpress.com/2014/01/30/hasta-la-polla/

La cuestión es que me acordé de mi colegio, al que fui hasta COU y donde fui súper feliz, pese a que nunca me ha gustado nada (NADA) estudiar. Me acordé del sistema francés y de lo bien que lo hicieron conmigo. Porque yo era pésima en todo lo que no me gustaba, incluso en gimnasia. Lo que se dice nula. Y me dejaban en paz, me dejaban vivir tranquila porque sabían que no había nada que hacer, que, a pesar de no ser tonta, nunca iba a dedicar ni un minuto a estudiar esas cosas que odiaba tanto. Además, allí podías suspender y ni recuperabas la asignatura ni repetías, pasabas a otra cosa, mariposa. La decisión de repetir la tomaban los profesores en una reunión a la que mi madre siempre asistía con los nervios a flor de piel. Pero nunca me hicieron repetir, aunque suspendiera un carro. Porque era buena en lo mío: en inglés, en francés, en versión, en filosofía, en literatura y ya. En nada más. En lo demás era un desastre. Ellos lo asumían y en mi casa lo acabaron asumiendo también. 
En el Liceo me enseñaron disciplina, respeto, allí no consentían la soberbia ni la mala educación y el profesor que tragaba no solía ser francés. Eso me gustaba, de hecho la Courtine y el Manza eran mis preferidos. Una era seria y rígida como ella sola y el otro repartía galletas por doquier y aún así todos lo querían con locura. Eran adorables, se implicaban. Siempre y cuando no fueras un chulo maleducado, podías hacer de tu capa un sayo.
Me enseñaron también a pensar por mí misma, nadie me dirigía, nadie me imponía nada. Era todo muy libre. Eso sí, eras responsable de tus actos, nadie te regalaba nada.
Esa libertad que me daban llegaba al punto de que en física, el Bros nos dejaba a una amiga (tan perdida como yo) y a mí hacer los exámenes juntas, al lado de otra compañera que sabía un montón, siempre y cuando no la molestáramos al copiarnos, o hacer el examen entre varias... Me han llegado a dejar dormir alguna vez en clase de filosofía y, al repartir las hojas de los ejercicios, dejármela encima de la cabeza para no despertarme. Nadie me agobiaba, me dejaban absolutamente libre de elegir qué quería y qué no quería estudiar. Sin presiones, sin castigos, lo asumían completamente. Y nunca he tenido ningún trauma por mis escasos conocimientos de casi todo, no me considero burra, ni paleta, ni torpe. Soy capaz de relacionarme con normalidad en cualquier ambiente porque, cuando no sé nada del tema del que se habla, cosa que tampoco se da todos los días porque la gente no habla de los logaritmos neperianos ni va por la vida sumergiendo pesos en un fluido para ver la presión que ejercen vertical y hacia arriba, escucho y no necesito más. Me divierto igual.
Con mis hijos tengo manga ancha en los estudios, lo reconozco, trato de no agobiarlos y los entiendo perfectamente, aunque el sistema del colegio al que van es diferente y no les queda otra que aprobar. Pero veo sus exámenes y alucino y me enseñan sus libros y me horroriza pensar que tengan que estudiar todo eso, porque tampoco es que estudiar les apasione. No les presiono porque sé que no sirve para nada, porque adquirir conocimientos no les va a hacer ser más felices ni mejores personas.
Además, pienso ¿por qué se nos llena tanto la boca con lo importante que es trabajar en lo que a uno le gusta y, sin embargo, hacemos con los niños todo lo contrario? ¿Acaso ellos tienen menos derecho que nosotros a esa pasión por el trabajo o es que ese derecho se adquiere con la edad y no desde que naces?
Yo creo que los niños también tienen se merecen que se respeten sus gustos y sus pasiones.
Lástima que de eso no haya en los colegios.


miércoles, 3 de febrero de 2016

Dentro y fuera: causa y efecto.


Cuando nos sentimos mal, pensamos que la causa está afuera y que nuestro sentir es el efecto de lo que está ocurriendo, pero es justamente al revés. Mientras sigamos invirtiendo el orden de las cosas solo cambiarán los escenarios, pero la causa del sufrimiento permanecerá inmutable. Porque la causa no está en lo que vemos, en lo que nos ocurre, en lo que nos hacen o en las experiencias que vivimos, sino que todo esto es efecto de nuestro sufrimiento interno.
La causa está en nosotros, en nuestro orgullo, en nuestro control, nuestros complejos, nuestra desconfianza, nuestra rabia... Todo esto preexiste y, por tanto, es desde ahí desde donde nos relacionamos, desde donde observamos. Todo lo vemos a través de esos cristales y, sinceramente, ¿se puede ver algo tal y como es con unas gafas que distorsionan?
Sin embargo, pensamos que esto funciona a la inversa, creemos que sentimos rabia por algo que nos ha ocurrido, sin que nosotros hayamos tenido nada que ver, creemos que nos limitamos a reaccionar de manera natural y espontánea. Pero no, nosotros juzgamos, nos empeñamos en controlarlo todo, tenemos miedo... Ése es nuestro punto de partida y en este estado interno observamos todo lo que nos rodea, lo juzgamos y, entonces, nos creemos víctimas de las circunstancias, creemos que nuestra reacción es la consecuencia de un acontecimiento externo cuando en realidad somos nosotros los que proyectamos nuestro estado interno a todo lo que nos rodea.
De no ser así, no podríamos intervenir en nuestras reacciones, nos vendrían impuestas. Menos mal que siempre podemos decidir dejar de mirar hacia fuera y empezar a mirar hacia dentro, abandonando esa idea de causa/efecto para tomar responsabilidad sobre nuestro sentir.
En ese momento, dejamos de investigar causas, dejamos de buscar culpables, dejamos de aferrarnos a todos los pensamientos que nos llegan en cascada y que nos reafirman en la idea de sufrimiento. Porque estos pensamientos son nuestra responsabilidad, nosotros los hemos creado, con nuestras creencias, nuestro pasado, nuestros miedos...y nosotros les damos credibilidad... o no. Nosotros los parimos, nosotros decidimos.
Cuando dejamos de hacernos las víctimas, nos damos cuenta de que lo único que nos hacía sufrir era esa película que nos estábamos contando, el dramatismo con el que la estábamos adornando. Entendemos que todo este drama empieza y acaba en nosotros, que somos el guionista, productor, director, actor principal y el espectador de esta película que es nuestra vida. Y, si cambiamos el rollo de la película y ponemos otra más alegre, cambiará nuestro sentir. 
Porque hay muchas maneras de contarnos lo mismo, sin necesidad de engañarnos. Porque, además, las cosas nunca son como nos las contamos, nunca son tan graves, no somos objetivos. Esto es algo que se ve perfectamente con el tiempo y la distancia: si lo que nos hace sufrir  tanto hoy, dentro de 10 años será una chorrada, quiere decir que ya lo es, pero que no queremos verlo así, queremos añadirle una enorme carga dramática porque, en el fondo, somos adictos al sufrimiento. También lo vemos cuando se lo contamos a otra persona y le quita hierro al asunto: si nuestro drama no lo es tanto para otro, quiere decir que no tiene por qué serlo necesariamente para nosotros, que ese dramatismo es una elección personal pero que no es inevitable.
¿Para qué esperar 10 años a darnos cuenta de que era nuestra manera de ver las cosas lo que nos atormentaba, pudiendo empezar ahora?

jueves, 28 de enero de 2016

Y mi maleta llena de por si acasos

Ayer, 27 de Enero (fecha muy importante para mí por motivos que no vienen al caso) me pasé el día entero entre el pasado y el futuro. Y la sensación fue muy extraña.
En el pasado, porque recordé minuto a minuto lo que ocurrió ese mismo día hace 6 años, con ternura pero también con tristeza, echando de menos y rechazando a la vez algo que, para bien y para mal, ya no tengo.
En el futuro porque, desde el momento en que le di al botón de "comprar" en la web de una agencia de viajes y reservé un billete de avión a Katmandú (Nepal), estoy cagada de miedo. Nunca me he visto en una situación parecida.
Yo, con lo que me gusta creer que lo controlo todo, no dejar cabos sueltos, jugar a que sé lo que va a pasar mañana, y pasado y al otro... Porque, aunque no planifique y cambie de opinión y de planes mil veces al día, siento que todo depende de mí, de mis decisiones. Que, en el fondo, soy yo la que decide las cosas que me van ocurriendo. Eso es lo que creo.
Pues bien, he decidido que me voy este verano dos semanas a Nepal, con una ONG, a un orfanato. 
Y me gustaría decidir dónde y cómo, pero solo he elegido cuándo. 
Y estoy muerta de miedo, porque no sé a qué voy, no conozco a nadie, no me voy con otros voluntarios, no es una ONG que nos junte a varios extranjeros para llevar a cabo un trabajo en equipo. Esto es un chico, con su ordenador portátil y su hermano pequeño, sin nada más que eso, al que tengo que mandar el itinerario de viaje y que me recogerá (en moto, empezamos bien) en el aeropuerto de Katmandú. En ese momento me dirá lo que hace conmigo, dónde me manda, qué voy a hacer... 
Ya me han dicho que no haga planes, porque todo es improvisado. Y me han descolocado. Con lo que me gusta planificar, aunque cambie los planes cada dos por tres, pero no dejan de darme seguridad. Porque yo soy quien los hace, los cambia, los vuelve a cambiar... 
Pero aquí no. Aquí dependo de alguien a quien no conozco, que no sé ni siquiera ni si será puntual y que estará esperándome en el aeropuerto para organizarme la estancia. Aquí tengo que confiar en él, en la vida entera, en la gente de allí, en todo. 
Recuerdo en Mykonos, hace un año, que nos llevó un chico del hotel  a una playa y quedó en que nos recogería a las 7 de la tarde. Pero se retrasó. Estábamos en Mykonos, aquí al lado, estaba mi chico conmigo (cosa que me hacía sentir segura) y en la acera de enfrente teníamos un hotel donde pasar esa noche si pasaba algo. Pues con todo eso, yo estaba atacada de los nervios. Porque nos había dicho a las 7 y eran las 7 y 20 y no venía y se hacía de noche y así no era como habíamos quedado y blablabla...
Así que esto va a ser romperme entera para luego rearmarme. O me relajo o voy a vivir un infierno. Me relajaré, claro, a la fuerza ahorcan, pero ya puedo empezar a mentalizarme porque lo de menos van a ser las condiciones de higiene y falta de comodidad del orfanato y de la ciudad entera. 
Lo peor va a ser la pérdida absoluta de control, el no saber a qué voy , ni con quien, ni qué me voy a encontrar allí, ni nada de nada. Y lo mal que me oriento, con eso también cuento. 
Antes de empezar a relajarme, tengo ya la maleta llena (mentalmente) de por si acasos:
- Manga larga finita para que no me piquen los mosquitos
- Aparato para los mosquitos y pastillas.
- Loción para los mosquitos por si acaso no hay electricidad.
- Mosquitera por si falla todo lo anterior (odio a muerte a los mosquitos).
- After bite por si falla la mosquitera y me pica algún mosquito.
- Toallitas wc por si acaso no hay papel del váter (del váter seguro que no porque ya me han dicho que no hay váter, se llamará papel de letrina, supongo: letrine´s paper).
- Diccionario básico por si no me entiende nadie (entre su inglés y el mío poco vamos a intimar)
- Mascarilla para ir por la calle porque me han dicho que allí es tendencia, por el polvo y por la contaminación
- Tapones para los oídos por si acaso no puedo dormir, porque se ve que hay ruido a todas horas, otra cosa que no soporto (no sé si es que no duermen)
- Minutos con Libon por si acaso me entra la morriña y quiero llamar a mi gente en España
Eso es lo que se me ocurrió anoche, que es cuando empecé a maquinar, pero me quedan aún 7 meses y medio para añadir cosas. 
Y luego se me plantean dudas con el secador, la plancha del pelo, la silk-epil... y todas esas cosas que suelen venir conmigo pero que no sé yo si aquí solo van a hacer bulto.
A la hora de sacar el billete, por si acaso, en lugar de hacerlo a través de una web me fui a la seguridad que me da Viajes el Corte Inglés y añadí todos los seguros del mundo: de accidente, de enfermedad, de repatriación de cadáver, de anulación de viaje... Más extras no había.
A eso, hay que añadir una lista surtidita de preguntas que me voy apuntando para hacerle al coordinador de todo esto, por no agobiarlo cada vez con algo nuevo, a ver si se harta antes de mi llegada y no me recoge nadie.
Quedan 7 meses y medio y yo ya estoy intentando tener todo esto bajo control. 





miércoles, 20 de enero de 2016

La muerte nos sienta tan bien...


Hoy, en el bus, he visto que David Bowie ha sido, esta semana por primera vez , número 1 (no sé si en ventas o en discos escuchados o qué, pero número 1 y por primera vez). Y resulta que murió hace nada y que precisamente su muerte es lo que ha hecho que la gente se ponga a escucharlo como si no hubiera un mañana. Efectivamente, para él, no hay un mañana. David Bowie ya no está y eso le da más valor todavía.
Eso mismo pasó con Van Gogh, con Cervantes, con James Dean... Se revalorizaron post mortem.
Eso nos pasa con todas las muertes y por muerte me refiero a final, a pérdida, no necesariamente a la desaparición del cuerpo. Pero especialmente con la muerte del cuerpo. Nunca he estado en el entierro de un cabrón, el que se muere era siempre una bellísima persona. Aunque solo sea porque está muerto. 
Los finales nos sientan a todos de maravilla, todos ganamos puntos cuando llega el final y es algo tan curioso como inevitable en la mayoría de los casos. 
Cuando me doy cuenta de que he perdido algo es cuando, de repente, más lo valoro, más creo necesitarlo, aunque lo haya tenido los últimos 2 años metido en un cajón muerto de asco.
Cuando me pongo a régimen es cuando más deseo el tipo de comida que me he prohibido, aunque de normal no suela comerla, aunque nunca me apetezca.
Cuando termina una relación es cuando más recuerdos bonitos nos asaltan, cuando más valoramos lo que nos aportaba la persona que se ha ido y cuando menos en cuenta tenemos lo que no nos gustaba de ella. Ya lo decía Serrat en esa canción tan bonita (Lucía) "no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí" o "los recuerdos son cada día más dulces, el olvido solo se llevó la mitad".
¿Y por qué nos ocurre eso? ¿Por qué esperamos que algo llegue a su fin para idealizarlo?
Supongo que se trata de la manía que tenemos de poner el foco siempre en lo que nos falta, en aquello de lo que carecemos; con la confianza puesta en que, cuando lo consigamos y sea nuestro, seremos ya, por fin, felices. 
Y resulta, fíjate, que un buen día, eso que deseábamos, lo conseguimos. Y resulta que no nos hace tan felices como pensábamos y nos frustramos. 
Pero un día lo perdemos. Ahí es cuando, desde la carencia, creemos nuevamente que lo necesitamos, que éramos más felices antes, cuando lo teníamos y que, de nuevo, lo necesitamos. Otra vez, creemos que lo necesitamos, que nuestra felicidad está ahí. Como si fuéramos idiotas, una y otra vez lo mismo. ¿Que no hemos visto que no, que eso no nos daba lo que no tenemos, que nada externo a nosotros nos lo va a dar nunca?
Claro que lo vemos, lo vemos cuando lo tenemos. En ese momento lo comprobamos en nuestras carnes, nos decimos que no era para tanto. Sin embargo, cuando ese objeto, circunstancia o persona desaparece (porque en esta vida nada es eterno) volvemos a idealizarlo con tal de no vivir el presente. Porque el presente incluye solo lo que tenemos, no lo que nos falta. Lo que nos falta es el mundo de Alicia, ficticio, inventado por nosotros para evadirnos de nuestras vidas, ensoñaciones más falsas que Judas, tergiversaciones y manipulaciones que inventamos porque necesitamos creer que tiene que haber algo ahí afuera que, cuando llegue a nuestra vida, nos completará, nos llenará.
La buena noticia es que no, que ya somos completos y que conviene que nos paremos un instante, miremos a nuestro alrededor observando todo lo que nos acompaña en este momento. Porque esto, que hoy nos parece que no es suficiente solo porque ya "es nuestro", mañana puede que no lo sea, que lo "perdamos". Y, entonces, será cuando le demos valor y nos parezca que era algo fundamental. Pero ya habremos perdido la oportunidad de disfrutarlo.

viernes, 15 de enero de 2016

"Incomunicada"

Ayer por la mañana vino un mensajero a llevarse mi móvil para reparar. Tardarán unos 15 días en devolvérmelo. Aparentemente todo está perfecto pero, cuando vi que me despojaban de él, cuando saqué mi tarjeta nano sim y sd, tuve una sensación muy extraña. ¿Ahora qué hago? 
Había quedado a las 3 con una chica a la que no conocía y tuve que hacer una llamada porque ya no tenía mi lista de contactos, pedir su número y llamarla a decirle "oye, mira, es que estoy sin móvil, pero a las 3 estaré en la puerta de la E.O.I.". Y luego pensé en qué ocurriría si pasaba cualquier cosa y me retrasaba o cómo me avisaría ella si se le torcían los planes y tenía que cancelar la cita. O qué pasaría si no la reconocía, ni ella a mí, porque nunca nos habíamos visto antes, aunque ya me había dicho por teléfono cómo iba vestida. 
Conclusión: sin mi móvil parece que me haya vuelto idiota, que todo se me haga un mundo. Y eso que sabía llegar al punto de encuentro porque es archi conocido. Si encima no hubiera conocido el camino, apaga y vámonos. 
Pasé dos horas súper agradables con esta chica, hablando de lo divino y lo humano, sin interrupciones, si llamadas, sin vibraciones en el bolso... Viviendo solo la conversación. Y me encantó eso de no llevar teléfono. 
Aún así, la tarde la pasé intentando localizar un teléfono con nano sim, tarea que ha resultado ser imposible. Así que he decidido que voy a estar estas dos semanas sin móvil, sin whatsapp, sin teléfono a todas horas, sin google en el bolsillo, con el fijo de toda la vida (que, además, en mi caso, no es inalámbrico). Cuando he avisado a los más cercanos me han preguntado "¿entonces, vas a estar incomunicada?. No, no voy a estar incomunicada, voy a estar como se estaba hace 20 años, feliz y tranquila, con teléfono en casa y sin el "busca" cuando salga a la calle, como he estado toda la vida. 
El móvil es una necesidad que me he creado y aún me siento rara, pese a que me sé de memoria todos los teléfonos que necesito, pero me siento un poco desnuda. No tengo a mis 250 contactos, pese a que el 90% no me sirven para nada, no tengo mis recordatorios (me acuerdo de todo lo que tengo que hacer pero me da seguridad que google me avise), no tengo whatsapp, no tengo mis audios, mi música, mis fotos, mis vídeos, no llevo conmigo, en mi bolso, nada de nada. Y lo curioso es que todo eso lo necesito, me he creado esa necesidad y estoy rara. 
Me siento libre, sí, pero hice un pacto con el diablo y quedamos en que pagaría un alto precio por todas esas cosas que hacen (supuestamente) que mi vida sea más cómoda. Ese precio es el estrés que me produce el teléfono cada vez que suena (porque de verdad me lo produce), es el cargar en la mochila una necesidad más, es estar a todas horas localizable y pendiente de algo que, en realidad, odio. Pero, como lo necesito, ya da igual que lo odie, ni me lo cuestiono. 
Y, al estrés de llevar móvil, hay que sumar el estrés de cuando no lo llevo. 
De locos.
Ha pasado un día y creo que esto es el principio de una gran amistad entre yo y yo misma. 
Pero tengo por seguro que, en cuando me lo arreglen, seguiré cumpliendo mi parte del trato. Mientras tanto, que me quiten lo bailao, siempre recordaré esas dos semanas que pasé "incomunicada".


miércoles, 13 de enero de 2016

Indispensable tener sentido del humor.

Muchas veces aparece el sentido del humor en el número uno de las listas de cualidades que todos desearíamos que tuviera una hipotética pareja. Y con razón, no hay nada más valioso (y raro de ver) para andar por la vida que el sentido del humor. 
El sentido del humor no consiste en hacer reír a los demás, eso es ser gracioso y se puede ser gracioso y carecer por completo de sentido del humor. Para mí, es la capacidad para afrontar los sucesos de la vida como lo que son, anécdotas divertidas. 
Desde bien pequeña, cada vez que me veía en una situación angustiosa (tipo tener que enseñar las notas a mis padres, que era lo más recurrente) me hacía la misma pregunta: "¿de esto, dentro de unos años, me reiré?". Y nunca, nunca la respuesta ha sido NO. Así que aprendí enseguida a relativizar y me di cuenta de que no hay nada tan importante como para tener que pasarlo mal. O pocas cosas.


Un experimento reciente ha demostrado que un hablante al que se manipula su voz para que suene más feliz, triste o con miedo, también varía de inmediato su emoción. Es decir, que si a mí me ocurre algo y cuando me lo cuento a mí misma o a cualquiera, el tono de mi voz es feliz, no me voy a hundir. En cambio, si dramatizo en la forma de exponer mi experiencia, me hundiré en la miseria. 
Un día, hablando con una mujer acerca de que cada uno interpreta su vida como quiere y, en función de esa interpretación, se siente feliz o no, me contestó "si tú me quieres decir que, por ejemplo, ayer que se me pinchó la rueda, yo tengo que pensar que no he tenido un día de mierda, paso de seguir con esto, porque eso es imposible". Es una opción, pero no es inevitable. A mí me ha dejado tirada el coche a la 1 de la mañana, cargado hasta los topes y con dos niños dentro y no es obligatorio hundirse, con llamar al seguro para que vengan a recogerte ya vale. 
Sin embargo, hacer de nuestra vida un melodrama es una opción como otra cualquiera, siempre y cuando tengamos claro que nosotros estamos creando nuestra realidad escogiendo una de las muchas opciones de interpretar la vida que tenemos a nuestro alcance.
Las cosas, simplemente, suceden y somos nosotros los que las convertimos(o no) en dramas.
En eso consiste para mí el sentido del humor, en escoger siempre la opción de la comedia en lugar del drama, porque pocas cosas hay en la vida de las que uno no se pueda reír, muy pocas. Y, sobre todo, consiste en reírse (y mucho) de uno mismo, de las cosas que uno hace en determinados momentos. 
El sentido del humor nos cambia la visión de todo, nos aleja de la amargura y de la tristeza, nos abre un amplio abanico de posibilidades porque la posibilidad de reírnos del resultado nos permite intentar más cosas, sin importarnos que lleguen o no a buen puerto; nos lo habremos pasado tan bien por el camino, libres de la obsesión del resultado, que éste ya nos dará igual.
El sentido del humor nos libera de los juicios propios y ajenos y nos hace dar permiso a cualquiera para que opine lo que le dé la gana de nosotros y nuestros actos, porque no nos vamos a tomar en serio la opinión de los demás.
Vamos, que cómo no vamos a dar prioridad, en la lista de cualidades, al sentido del humor. 

viernes, 8 de enero de 2016

La gran obra de teatro

Ayer en la radio escuché que no se puede engañar a la cámara las 24 horas del día porque, al final, te acostumbras a su presencia y dejas de fingir. Eso debe de ser lo que ocurre en algunos programas de la tele en los que la gente hace cosas en público con absoluta falta de pudor, como si no los estuvieran viendo el país entero, sus padres, sus compañeros de trabajo, los vecinos... Siempre me ha resultado muy curioso ese comportamiento y ahora lo entiendo: pierden la noción de estar siendo observados.
Para fingir, lo que viene muy bien, son las redes sociales, tienen la ventaja de que entras cuando quieres y te puedes poner en modo actor hasta que cierras la pestaña. Es el lugar ideal para coger y afianzar un rol, para ser quien te gustaría ser, para tener un montón de amig@s cuando en realidad te sientes sol@, para hablar de tus intimidades por chorras que sean con quien no lo harías nunca porque en realidad no lo conoces de casi nada. Yo misma me vi en ésas hace unos años y, la verdad, tiene su puntito, pero no es real. 
Hay quien plasma su vida entera, desde que se levanta hasta que se acuesta, con fotos de todo lo que hace y el resto le comenta lo chulo que es todo, lo fascinante que es su vida, lo envidiable que resulta su relación, lo guap@s que son sus hij@s, lo guap@s que son ell@s. Y, claro, eso engancha, sobre todo cuando no te sientes bien, cuando no te gusta la vida que realmente llevas. Porque en las redes sociales puedes enseñar solo la fachada, lo bonito; de hecho, a nadie se le ocurre mostrar sus miserias y contar en realidad cómo se siente. Se acabaría la "magia".
He visto parejas idílicas decirse a todas horas lo muchísimo que se quieren, dedicándose canciones de amor y corazones sin parar y, al día siguiente, enterarme de que ya no están juntos. Al principio me extrañaba muchísimo, pero ya me he acostumbrado. 
Este fenómeno de exhibicionismo engancha y es una droga. Hasta el punto de que hay quien ha conseguido salir de eso y está convencido de que forma parte de su negro pasado y, en momentos de bajón, vuelve otra vez a sumergirse en un mundo ficticio, a hacerse un montón de amigos, a contar lo que está haciendo y que en realidad no le importa a nadie, a participar en conversaciones que, realmente, no le interesan nada, porque no le interesaban cuando no se sentía solo.
Porque las redes sociales anestesian, por un momento, te hacen sentir llen@, te sacan por un instante de esa vida que no te está gustando y que rechazas, te hacen creer que eres popular, gracios@, inteligente, guap@... Pero no es real, esa sensación no es real pero, precisamente por ser efímera, se puede mantener. Ése es el secreto. Lo efímero es lo que le da ese poder de auto engaño, como una noche loca en la que triunfas de forma arrolladora solo porque dura eso, una noche. Nada es real y uno siempre vuelve, lo quiera o no, a su realidad. Lo que de verdad ES te espera a la vuelta de la esquina porque nadie puede escapar eternamente de su realidad, nadie puede fingir, como decían ayer, las 24 horas del día. Pero, por lo menos, durante un instante, has creído ser lo que te gustaría. 
Y si esto es, por ejemplo, Facebook, para qué hablar de la mentira de las webs de ligar, tipo Meetic. Ahí ya cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


domingo, 3 de enero de 2016

¡Qué bonitos los anuncios!



Me encantan los anuncios, mucho.  Tanto que ni hago zapping ni me gusta que lo hagan cuando llega la publicidad. Observando los anuncios te das cuenta de un montón de cosas. Cosas como que las personas van vestidas del color de la marca que se anuncia, por ejemplo.  
Pero también te percatas de cuestiones menos banales. 
Ayer, año ya 2016, vi dos anuncios casi seguidos que dicen mucho de cómo está el tema en cuanto a la igualdad de género.  
El primero decía que las mamás no cogen la baja, se toman xxxx  (antigripal o algo así) y siguen adelante con los niños y la casa. Y salía una súper mujer, de ésas que pueden con todo y no paran desde que se levantan hasta que se acuestan y que además siempre tienen una sonrisa en los labios y están encantadas de llevar esa vida que llevan, con su niña disfrazada de hada, creo. La niña feliz porque su madre, a pesar de estar hecha una braga, va a seguir con su marcha como si no pasara nada.
En el otro anuncio, también de un antigripal, salía un hombre que se tomaba el medicamento para poder irse a jugar con los amigos a un paintball. El resfriado no le podía cortar la diversión. 
La publicidad es el reflejo de la sociedad y no es casual que estos anuncios los protagonice, el primero una mujer y el segundo un hombre. A lo mejor es que si sacan a un hombre curando sus síntomas para encargarse de la casa y los niños al salir del trabajo,  las ventas bajarían.  O al revés. 
Aún hay quien está muy satisfecho con la situación actual, pero estas cosas son muy reveladoras y, la verdad, queda muchísimo por hacer, algo que vaya más allá de decir "andaluzas y andaluces", "alumnas y alumnos" y todo eso que está tan de moda. 
Deberían empezar por controlar un poco la publicidad porque influye (y mucho) en todos, niños y mayores. Y quitar normalidad a situaciones que tendrían que estar ya erradicadas, tan modernos y desarrollados que somos. 

viernes, 1 de enero de 2016

Lo único real

Ni cualquier tiempo pasado fue mejor ni lo mejor está por llegar, básicamente porque ni uno ni otro existen.
El pasado es solo un recuerdo y, como tal, distorsionado por mí.
Lo que está por llegar son expectativas que solo existen en mi cabeza.
Por lo tanto, lo mejor es AHORA.
Es lo único real.
Todo lo que soy es este momento.
Y eso lo hace perfecto.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Balance y cuenta de resultados

Cierto que cualquier momento es bueno para hacer balance y agradecer profundamente a la vida por las circunstancias a las que nos ha sometido y las personas a las que ha puesto en nuestro camino. Pero este día es especialmente propicio para hacerlo, puesto que despedimos un año y recibimos otro nuevo.
Si dejo de lado las cosas que me han sucedido y me centro en mi estado interno, sinceramente, no puedo estar más satisfecha, puesto que acabo este año habiendo adquirido ciertas capacidades que, para mí, eran muy importantes. Fundamentalmente la aceptación:  la virtud de poder recalcular el recorrido, como el gps, cuando las cosas no salen como esperaba, el abandono de la lucha encarnizada contra la vida para que las cosas salgan como yo quiero. Así soy mucho más feliz, adaptándome a lo que me va ocurriendo y que sé que no tiene remedio, aceptando que, a veces, ganamos y nos salimos con la nuestra y, otras, la vida se impone y nos da lecciones brillantes. 
Este año ha sido movido, han ocurrido muchas cosas, ha habido cambios muy importantes y, algunos, hubiera preferido que no sucedieran pero yo, con todo, a nivel interno, soy más feliz, estoy más calmada, más estable, observando lo que va aconteciendo para ver cuál es mi aprendizaje. Segura de que todo esto me lleva a convertirme en la persona que me encantaría ser, convencida de que todo lo que pasa va en esa dirección,  en ir eliminando de mi mente los obstáculos que yo misma me iba colocando y que me impedían ser completamente feliz.
Así que, mi agradecimiento profundo a este año que termina y que el que empieza venga cargado de paz y amor.
¡FELIZ AÑO A TODOS!

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Figuritas

Me fascina esta historia, como me fascina la gente valiente que, pasando de todo y de todos, se centra en lo que de verdad ama: "Winston & Strawn es un bufé de abogados fundado en Chicago hace siglo y medio y que hoy cuenta con sedes en tres continentes. Una de sus jóvenes promesas a principios de la década del 2000 era Nathan Sawaya. Nacido en Colville, Washington, Sawaya había terminado estudios de derecho en la universidad de Nueva York y allí vivía trabajando doce o catorce horas diarias en el departamento corporativo de la firma. La mayoría de sus colegas prefería liberar la tensión del día en el gimnasio o entre copas, pero Sawaya huía a su apartamento y se encerraba a pintar o esculpir en arcilla. Insatisfecho con el material, insatisfecho en general, intentó también trabajar las esculturas en alambre y por un tiempo elaboró mosaicos con caramelos de colores." ..."Trabajaba entre 12 y 14 horas diarias hasta que, un día, decidió dejar su trabajo para dedicase a su verdadera pasión: hacer figuras de Lego"
Me imagino la cara de sus padres, de sus compañeros de despacho, de sus clientes, de sus amigos... el día en que les comunicó que lo dejaba todo para hacer figuritas con los Lego. Ya ves, nada más y nada menos que figuritas de Lego. A ver cómo se digiere eso. Apuesto a que todos pensarían que se le había ido la cabeza, que se había vuelto idiota. Porque cuando uno se sale de la norma, cara a los demás parece idiota, un iluminado, un irresponsable... 
Pero mira tú por dónde, después de ir dando tumbos pintando en arcilla, haciendo esculturas con alambres, creando mosaicos con caramelos y demás, este hombre ha triunfado con los Lego y sus exposiciones gustan mucho y sale en las noticias en España y es famoso. Pero, sobre todo, hace lo que le apasiona y ha tenido el coraje de mandar a tomar viento su trabajo, la opinión de los demás y los convencionalismos. Se ha dado el tiempo necesario para indagar qué es lo que realmente quiere y no ha desistido hasta que lo ha encontrado. 
Cuando ayer lo vi en la tele, me admiró muchísimo pero me puse a pensar en el hecho de que esta decisión la tomó en el 2000 y hasta 2011 nadie le invitó a que expusiera su obra. Es decir, tuvo la santa paciencia de perseguir su sueño durante 11 años sin más, solo porque amaba lo que hacía.
Cuando sabemos de él, ya es famoso, ya expone, ya es un referente. Pero me encantaría que me contara cómo ha vivido esos 11 años, creando figuras sin más, sin esperar nada a cambio. Porque eso es lo que realmente me admira, esa capacidad de poner pasión en las cosas solo para ti, sin esperar a que los demás te lo reconozcan, dejando de lado todo lo demás: tu posición social, tu dinero, tu estatus, la valoración de los demás. Quien es capaz de hacer eso, es grande. 
Normalmente, cuando vemos esto en los demás, nos admira, nos da una especie de envidia incluso, nos encantaría ser así. Pero queremos empezar por el final, queremos dejarlo todo para, pasado mañana, haber triunfado. Nos queremos cambiar por esta gente pero sin pasar por todo lo que ha pasado esa gente, algo rápido, instantáneo. 
Y claro, no es así. El camino no tiene por qué ser fácil ni corto. Y entonces nos asaltan las dudas y creemos que no lo lograremos porque, de repente, se nos olvida que no hay ninguna meta que conseguir, que la meta es hacer lo que nos apasiona, sin resultados, sin tener que agradar a nadie, sin premios, sin nada de nada, más que nuestra pasión. 
He aquí la escultura que, según él, representa ese cambio de mentalidad. Para mí, es abrirte a escuchar a ese guía que llevamos dentro.



miércoles, 23 de diciembre de 2015

Para, que yo me quedo aquí.


Ayer hablaba con un amigo acerca del esfuerzo que ponemos a veces en que una relación salga adelante. Está claro que no se trata de tirar la toalla a la primera de cambio pero es curioso cómo, a veces, nos empeñamos en mantener una relación en la que, a todas luces, no somos felices. Y no digo que sea la relación la causante de nuestra infelicidad, claro, sino que es más bien al revés, no nos sentimos felices y plenos y atraemos relaciones que no hacen sino demostrarnos cómo estamos a nivel interno.
Aquí está el meollo de la cuestión, en la infelicidad que traemos de casa, en esa sensación de que somos seres incompletos y de que hallaremos fuera eso que, por fin, nos completará y que nos hará felices y comeremos perdices. 
Pues no, nada que ver. 
Desde este estado de carencia, de necesidad y de ser incompletos no podemos atraer nada sano, no podemos tener una relación fluida, sin miedos ni malos rollos, puesto que nadie va a darnos lo que creemos que nos falta. Así, solo atraeremos personas que nos harán sentir más desdichados todavía y, pese a que las culparemos de nuestras desgracias, nos quedaremos con ellas, nos conformaremos con lo que estimamos que son migajas, puesto que no creemos merecer más. Una de cal y otra de arena y ya estamos entretenidos. 
Incluso, en ocasiones, a este fenómeno que consiste en estar un día en la cresta de la ola y al día siguiente en lo más profundo del océano, lo llamamos "sentirse vivo". Y esa sensación engancha. Mucho. 
En un momento dado conviene decir basta, paso de esto, aquí me quedo. Y recogernos, volver a casa y estar con uno mismo, darnos nosotros mismos lo que buscamos desesperadamente que nos den de fuera para así podernos relacionar, por fin, sin mendigar, sin poner nuestra felicidad en manos de nadie, desde la absoluta libertad y responsabilidad. 
Porque somos los únicos responsables de todo lo sentimos y de las experiencias que vivimos dado que, en última instancia, las estamos permitiendo. 
Lo he oído decir muchas veces pero es de las verdades más absolutas que conozco, nunca nadie nos va a amar ni vamos a poder amar a nadie si no nos amamos y nos respetamos a nosotros mismo antes. Imposible.

martes, 15 de diciembre de 2015

¡Salta!

Hace unos veranos nos fuimos a bañar a un río en el que había una piedra que estaba a una cierta altura y desde la que las personas se tiraban al agua. La verdad es que la sensación era muy divertida, no diría agradable ni tampoco daba miedo, era muy divertida. 
Nos fuimos tirando todos, por orden. Teníamos entre 8 y 43 años y nos lo estábamos pasando súper bien. Pero había un niño, adolescente, que no se quería tirar, tenía miedo. Y empezamos todos a explicarle que no pasaba nada, que mira cómo todos nos estamos tirando, que es chulísimo, ya verás... Y lo convencíamos, de verdad que lo convencíamos. Pero, en cuanto se asomaba al vacío, era incapaz de tomar impulso y saltar. Y otra vez vuelta a empezar: mira cómo todos nos estamos tirando, que es chulísimo, ya verás... Y se volvía a asomar, convencido de que esta vez sí, pero volvía a recular. Hasta que alguien lo ayudó, lo cogió de la mano y se lanzó con él, permitiéndole vivir esa sensación de vacío. Y al adolescente le gustó, le gustó muchísimo y vio que no pasaba nada, que era chulísimo. Pero hemos vuelto a ese río varias veces y nunca ha podido saltar él solo. De hecho, no ha vuelto a hacerlo. 
El caso es que el miedo es una emoción y, por lo tanto, es imposible vencerla razonando. Ya nos pueden explicar que no pasa nada, que menuda tontería, que no tiene sentido...Lo mismo nos da. De hecho, nosotros, a nivel consciente, todo eso ya lo sabemos, por mucho que nos lo repitan la cosa no va a cambiar. 
El miedo, esa emoción que nos paraliza y que nos impide tomar decisiones que nos gustaría tomar, de la única manera que se vence, es ignorándolo. Solo podemos actuar como si no existiera, hacer las cosas independientemente de él, atrevernos, traspasarlo. 
Entonces nos damos cuenta de que, en nuestra imaginación, todo era mucho peor, de que la realidad no era para tanto, de que vaya chorrada la que nos tenía paralizados y de que, de haberlo sabido antes...
Vale la pena saltar, siempre, a veces con prudencia, eso sí. Nunca es para tanto. La realidad nunca es tan complicada como nos la montamos.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Bajar al sótano


En las pelis que me gustan de hechos reales (y no tan reales), ésas que hacen los fines de semana después de comer y que miro en "modo avión", suele haber casas muy bonitas y acogedoras, casas en las que la gente es aparentemente feliz y donde reinan la armonía y la estabilidad. Esas casas suelen estar habitadas por personas de todo tipo, hay gente afable, hay gente huraña, pueden ser jóvenes, viejos, viejóvenes... lo mismo da. 
Debajo de todo ese idilio, suele haber un sótano. Un sótano que da miedo, lúgubre, tenebroso, oculto, aparentemente olvidado, tanto que a veces ni tiene luz y hay que bajar con linterna. Allí se acumulan el polvo y todos los trastos inútiles que uno no quiere, que nunca va a recuperar, pero ahí están. Nadie pasa nunca por allí, parece que no forme parte de la casa. 
En el sótano es donde se cuece todo el percal. Ahí es donde el asesino en serie esconde los cadáveres, donde aparecen las fotos que lo explican todo, donde se guarda el arma del crimen... Ahí es donde suele morir el sheriff cuando entra a fisgar, porque el dueño de la casa no consiente que nadie se asome; no en vano, al abrir la puerta, tras el típico chirrido de las bisagras, lo primero que vemos son unas escaleras empinadas que nos advierten de la gravedad del asunto. 
Es la parte de la casa que más miedo da, es la sombra que todos tenemos debajo de tanta apariencia de felicidad.
Tarde o temprano, creo yo, hay que armarse de valor y adentrarse a desempolvar todos los recuerdos, sobre todo los dolorosos, recoger los cadáveres y recuperar las armas. Y sacarlos a la luz y, de ahí, al contenedor (en el caso de los cadáveres, mejor una sepultura digna, algo más respetuoso que un contenedor verde). 
Sin embargo, en el sótano, en medio de toda la mierda, también está la inocencia que un día fuimos y que hemos olvidado, el amor que hemos negado que somos por miedo a que nos hagan daño, la confianza que hemos perdido, la capacidad de sorprendernos por cualquier cosa... Todo eso que éramos capaces de sentir y que hemos ido ahogando y reprimiendo pensando que nos acabaría envenenando. 
Siempre llega el día en que hay que bajar al sótano, en soledad, en absoluta soledad, para hacer inventario, mirar todo lo que hemos ido dejando allí, recuperar lo que nos sirve y tirar, sin apegos, lo inútil; para deshacernos de los cadáveres que han ido quedando por el camino; para destruir las armas que hemos guardado por si acaso un día las necesitábamos; para poner orden y dejarlo todo bien limpio, colocar bombillas y empezar a integrar esa zona en el resto de la casa, convertir ese cuarto de los horrores en parte del hogar.
A mí, hace unos días, me llegó la hora de bajar al sótano. 

martes, 1 de diciembre de 2015

No pudo ser y no fue. Y sin embargo...

Me queda la alegría de haberlo hecho lo mejor posible, era imposible pedir más porque no tenía más que ofrecer. Todo lo que soy es todo lo que di. De momento soy eso.
Me queda la satisfacción del camino recorrido, de saber que ha valido la pena, que ha sido un aprendizaje único para mí, nunca antes había aprendido tanto. 
Me queda la gratitud del que sabe que ha recibido lo máximo que le podían dar, no había nada más que dar. 
Me queda la experiencia de ser feliz en mitad de la tristeza (he conseguido aprender que la felicidad es una calma sostenida, no un pico de alegría).
Y, sobre todo, a mí, me quedan muchos recuerdos, bellos recuerdos y un enorme regusto a amor. 


lunes, 30 de noviembre de 2015

De amor y de miedo.


Siempre se nos ha dicho que lo contrario al amor es el odio, pero yo creo que no, creo que lo opuesto al amor, aquello que nos impide amar, es el miedo. Es el miedo lo que nos provoca infelicidad, lo que nos saca de la paz, disfrazado de mil formas distintas.
Cuando me reprimo y, si no me das, no te doy, tengo miedo. Tengo miedo a abrirme, tengo miedo a salir perdiendo, a que tú salgas ganando. Y eso no es amor, es mercadeo. Si fuera amor, cuando ganaras tú, ganaría yo.
Cuando te reclamo, cuando te exijo una (o unas) determinada conducta y te culpo de mi infelicidad y pongo mi vida en tus manos, tengo miedo. Miedo a hacerme responsable de mi vida. Y eso no es amor, es necesidad, es dependencia.
Cuando estoy pendiente de todo lo que haces y de cómo lo haces, como un buitre al acecho, esperando a ver dónde fallas para saltar sobre ti y recordarte lo mal que te comportas, tengo miedo. Miedo a ser menos que tú, miedo a que te des cuenta de que eres mejor que yo y me dejes. Entonces, te recuerdo lo mal que lo haces, te machaco por tus fallos, tus incapacidades. Y eso no es amor, eso es rivalidad.
Cuando siento celos cada vez que atiendes a otro más de lo que me atiendes a mí, sea quien sea el otro, tengo miedo. Miedo al abandono, miedo a no ser una prioridad en tu vida, miedo a que me quiten el puesto que creo merecer. Y eso no es amor, es una enorme necesidad de sentirme especial.

Sin embargo, cuando dejo que todo fluya, cuando me abro a dar y a recibir, cuando dejo de poner el foco de atención en todo lo que creo que me falta, en todo lo que creo que no es como debiera, cuando te permito ser tal cual eres y te amo solo por ser, por existir, entonces, ya no hay miedo. Desde ahí no necesito controlarte, no te exijo nada, no siento celos, no negocio contigo, no me reprimo. Solo me abro a darte y eso me basta para ser feliz, porque entiendo que somos uno y que, dándote, me doy. Entonces, solo el hecho de verte feliz, me hace feliz. 
Y esto sí es amor.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Decir adiós


Cuando una persona llega a nuestras vidas, es para enseñarnos algo, siempre es para enseñarnos algo. El tiempo que permanezca a nuestro lado estará en función de la disposición a aprender juntos. Puede que dure toda la vida, puede que no. Pero si llegamos a un punto de estancamiento, si llega ese día en que vemos que no, que ya no, que hemos dejado de aprender el uno del otro para pasar al ataque frontal, a las acusaciones, a considerar al otro un rival en lugar de un compañero de viaje, es mejor decir adiós. Aunque duela, aunque esa decisión nos destroce por dentro, aunque sintamos que nos han arrancado una parte de nuestro corazón. 
Con todo y con eso, es conveniente dejar ir cuando llega ese momento, entender que lo que nos une es miedo, necesidad, apego... o amor, incluso si hay amor. Sobre todo cuando hay amor, pues es una muestra de amor infinito hacia la persona que sale de nuestras vidas (y hacia nosotros mismos) el darnos la libertad para dejar a un lado la insatisfacción, la rabia y la necesidad que reinaba en la relación. 
Lo ideal es hacerlo de manera amorosa, pero hay veces que es imposible. En ocasiones necesitamos provocar un conflicto tan insoportable que nos permita aferrarnos a él como excusa para hacer saltar todo por los aires. Y se pierden las formas. Y se odia. Y se grita. Y se falta al respeto. Y se demoniza al otro. Y acabamos convencidos de que ha sido todo una pérdida de tiempo enorme, de que nos han estado tomando el pelo y manipulando y de que nada ha valido la pena. Pero esto no deja de ser una coraza para evitar el sufrimiento de la pérdida. Detrás de la coraza encontraremos lo de siempre, una petición de amor. Una desesperada petición de amor.
Así de duro es, a veces, decir adiós.


lunes, 23 de noviembre de 2015

¡Pasajeros al tren!


Todos tenemos en nuestro bolsillo un billete que nos lleva, sin escalas, a la felicidad. 
Sin embargo, nadie (o casi nadie) hace uso de él. ¿Por qué? Pues porque a ese tren hay que subir sin equipaje, ligeros y eso da mucho miedo. 
En el último encuentro salió esta pregunta, muy interesante e imposible para mí de aclarar racionalmente. No tengo ni idea de por qué da tanto miedo, aún a sabiendas de que es la única manera de encontrar la paz. Solo sé que, para alcanzar la felicidad, es preciso soltarlo todo, abandonar la creencia de que hay algo externo a nosotros que nos esté aportando esa felicidad que anhelamos.
Racionalmente está claro que es así: si creemos que la felicidad nos la proporciona algo concreto, en el momento en que perdamos ese algo, dejaremos de ser felices. De hecho, soltándolo todo soltamos la idea de pérdida, sobre todo soltamos la idea de pérdida. Mientras sintamos que podemos perder algo, viviremos con miedo y angustia. Cierto que habrá momentos de tregua, instantes de felicidad, pero la sombra de la posibilidad de perderlo todo planeará sobre nuestras cabezas.
Por eso este tren se nos escapa una y otra vez, porque hay que ser muy valiente para estar dispuesto a dejar atrás nuestros apegos, esas cosas que hasta hoy nos han dado identidad. Por eso seguiremos prefiriendo vivir con miedo, porque nos contentamos con las migajas de euforia que se nos regalan cuando todo sale como esperábamos. Porque el riesgo a quedarnos vacíos nos aterra. Porque no confiamos en nosotros mismos y sí en lo que hay afuera.
Lo bueno es que este tren pasa todos los días a todas horas, así que siempre podemos decidir, cuando nos sintamos preparados para ello, cogerlo.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Molaría

Siempre me parto cuando alguien compara alguna sensación (placentera, por cierto) con estar en el seno materno, como si alguno se acordara de lo que se siente en el seno materno. Sin embargo, hay algo que me fascina del feto y es esa manera tan perfecta y natural de dejarse llevar y de confiar.
La necesidad de controlar es la hija del miedo, dice Jorge Lomar. Y ahí está el feto, ajeno a todos los percances, ajeno a los peligros, ajeno a la cantidad de posibilidades de que algo salga mal.
Ahí está, solo, nadando en el líquido amniótico, tan tranquilo, con la seguridad absoluta del que sabe que tiene todo lo que necesita. Nada le preocupa. No está pendiente de que cada cosa se coloque en su lugar, no está dirigiendo el proceso de gestación. Simplemente, está, se hace presente, se deja llevar. Sin miedo, sin ansiedad, que sea lo que tenga que ser. Aún cuando las cosas no salen del todo bien, aún cuando hay malformaciones, da lo mismo. El nivel de ansiedad es nulo.
Así me gustaría vivir, con esa confianza en que todo va a salir bien, todo se va a acabar colocando en el lugar correcto, con ese aplomo del que sabe desde siempre que no controla nada, que no hay nada que controlar, que es absurdo dejarse la piel en empeñarse en que todo tenga un forma concreta. 
Así me gustaría pasar el tiempo, dejándome llevar, aceptando cada instante tal y como es. Sin ansiedad, sin la locura de quererlo tener todo atado, de trazar un plan para cada situación (un plan A, un plan B y un plan C, por si fallan el A y el B)
Quiero ser como un feto, sí, con esa inocencia tan pura. Quiero dejar de agobiarme, limitarme a estar presente, a vivir sin miedos, a comprobar que todo encaja sin necesidad de lucha, quiero dejar de empeñarme en nada, solo vivir mi experiencia, sea la que sea. 
No sé vosotros, pero yo veo imágenes de un feto y lo que primero me viene a la cabeza es la sensación de paz y de confianza. ¿Qué más se puede pedir?

martes, 3 de noviembre de 2015

Agradecer en presente de indicativo

Acostumbrados a evadirnos del presente, nos cuesta encontrar motivos para estar agradecidos. TODO es motivo de agradecimiento, porque cada cosa que ocurre, por molesta que sea, forma parte de nuestra vida y la vida es, en sí, motivo de agradecimiento. Pero eso no lo sabemos hasta que se convierte en pasado. Entonces es cuando vemos que, hasta lo más tonto, es grandioso. Entonces es cuando aprendemos a valorar todo lo que hasta el momento hemos desechado o despreciado. Pero para eso, muchas veces, necesitamos un Tsunami.




lunes, 2 de noviembre de 2015

Este bolsillo roto


¿Sabes esa sensación de vacío, esa sensación de vacío enorme, de que nada va como debiera, de que todo sale mal, de que cada vez que va a pasar algo "bueno" se te escurre de las manos?
(Vacío: Falta, carencia o ausencia de una cosa o persona que se echa de menos.) 
Sé cómo y cuándo se desencadenó, sé que fue una chorrada sin importancia, pero caí en la trampa y, a partir de ese momento, las cosas que me han ido ocurriendo parece que me quisieran hacer ver que sí, que últimamente todo va mal, que el mundo se ha confabulado en mi contra.
Por supuesto que no es la primera vez que lo siento, por supuesto que no va a ser la última, esto lo he sentido mil veces y aún recuerdo cuando pensaba que se podía llenar, que tenía que huir de esta sensación con otras sensaciones supuestamente placenteras pero igual de falsas. 
Sin embargo esta sensación es un bolsillo roto, ya puedo quererlo llenar que seguirá vacío.
Ahora, con más de 40 años a mis espaldas, sé que no hay nada que hacer, más que sentir esto que estoy sintiendo y esperar a que, como el humo del tabaco, se difumine para acabar desapareciendo. Sé que, precisamente, lo que no debo hacer es buscarle solución, pretender entender qué es lo que me falta, qué ha provocado todo esto, puesto que eso es lo que le otorga realidad y es absurdo tratar de solucionar un problema que no existe. De hecho, cuando me he enredado en la historia, me he sentido incapaz de averiguar qué es lo que siento que va mal, qué es lo que quiero, como cuando abro la nevera sabiendo que me apetece comer algo pero no sé el qué y nada de lo que hay dentro me satisface.
Así que, de momento, esta sensación me acompaña, sin resistencias, aceptando que, de momento, es lo que hay y que es absurdo que me resista a lo que siento. 

viernes, 30 de octubre de 2015

Tener expectativas es limitarse


Además de ser la principal causa de infelicidad, la decepción y otros tipos de sufrimiento, creo que no somos conscientes de lo que nos auto-limitamos cada vez que nos creamos expectativas.
Si esperamos algo determinado y dependemos de que ocurra para ser felices, estamos negando el sinfín de opciones que no coinciden con nuestro deseo, rechazándolas de pleno. 
Es como el niño que dice "no" a la comida por su aspecto sin haberla probado antes, solo porque opina que no le va a gustar.
¿Y si nos abriéramos a la posibilidad de dejar de exigirle a la vida una forma determinada? ¿Y si dejáramos de lado el miedo a lo desconocido y probáramos otras cosas, aún sin haberlas planeado previamente? ¿Y si soltáramos la necesidad de control, de seguridad, de manipulación y, como única meta, aspirásemos a ser felices con cada experiencia vivida? ¿Y si dejáramos de nadar contra corriente entendiendo que, tarde o temprano, vamos a tener que abandonar la lucha porque contra la corriente no se puede luchar eternamente? Desgasta, siempre desgasta y tenemos las de perder.
La vida sería mucho más fácil y llevadera.